Óleo sobre tela
180 x 200 cm
2022
Hay una lógica cultural que no es fácil de explicar desde afuera y que este lienzo ejecuta sin necesidad de explicarla: en México, el ritual que celebra y el ritual que consuela no son dos ceremonias distintas, sino la misma, indiferente a la causa que la convocó. Hay un dicho oaxaqueño que lo resume mejor que cualquier teoría: para todo mal, mezcal, y para todo bien, también. No es que la fiesta llegue después del dolor para curarlo, ni que sea una máscara que lo disimula. Es que el dolor y la dicha, en este orden simbólico, comparten el mismo instrumento, el mismo trago, la misma banda —y por eso ninguno de los dos necesita vencer al otro para tener derecho a sonar.
Eso es exactamente lo que Jazzamoart pinta aquí, y lo pinta sin ilustrar el sentimiento: lo pinta ejecutando su misma lógica. El título no es una frase triste disfrazada de alegre ni una fiesta con una sombra debajo. Es la sublimación misma —el mecanismo preciso por el cual una pena se convierte en compás sin dejar de ser pena— vuelta materia, pincelada, color que salta fuera del lienzo. No hay aquí un pueblo que finge no sufrir. Hay un pueblo que ha aprendido, durante generaciones, que la única forma soportable de cargar una desgracia es dándole ritmo.
Hay una lógica cultural que no es fácil de explicar desde afuera y que este lienzo ejecuta sin necesidad de explicarla: en México, el ritual que celebra y el ritual que consuela no son dos ceremonias distintas, sino la misma, indiferente a la causa que la convocó. Hay un dicho oaxaqueño que lo resume mejor que cualquier teoría: para todo mal, mezcal, y para todo bien, también. No es que la fiesta llegue después del dolor para curarlo, ni que sea una máscara que lo disimula. Es que el dolor y la dicha, en este orden simbólico, comparten el mismo instrumento, el mismo trago, la misma banda —y por eso ninguno de los dos necesita vencer al otro para tener derecho a sonar.
Eso es exactamente lo que Jazzamoart pinta aquí, y lo pinta sin ilustrar el sentimiento: lo pinta ejecutando su misma lógica. El título no es una frase triste disfrazada de alegre ni una fiesta con una sombra debajo. Es la sublimación misma —el mecanismo preciso por el cual una pena se convierte en compás sin dejar de ser pena— vuelta materia, pincelada, color que salta fuera del lienzo. No hay aquí un pueblo que finge no sufrir. Hay un pueblo que ha aprendido, durante generaciones, que la única forma soportable de cargar una desgracia es dándole ritmo.
La técnica misma es el primer testigo de esa lógica. El óleo no se acumula en masas espesas ni se atrinchera en la superficie, conteniéndose: se dispersa. Cae en pequeñas manchas de color puro —amarillo, verde, rojo, azul cobalto— que salpican el lienzo como confeti recién lanzado, como el polvo que levanta un baile sobre tierra suelta, como chispas de un cohete que ya explotó pero cuya luz todavía viaja. Hay hilos finos de pintura, casi líneas de gotero, que cruzan la composición de extremo a extremo sin obedecer a ningún contorno: son el equivalente visual de una frecuencia sonora, la prueba de que el aire mismo, en esta plaza, está vibrando.
Esa dispersión no es solamente un recurso formal. Es, literalmente, cómo se ve la sublimación cuando se convierte en pintura: energía que no se queda adentro, que no se guarda ni se procesa en silencio, sino que se expulsa hacia afuera en todas direcciones a la vez, sin fachada ni jerarquía. Jazzamoart no describe la música desde fuera: deja que el gesto se comporte exactamente como se comporta aquello que un pueblo entero necesita sacar de sí mismo para poder seguir de pie.
Al fondo, apenas sosteniéndose bajo el peso de todo lo que ocurre a su alrededor, está el quiosco: esa pieza de hierro y techo cónico que en cualquier plaza de pueblo mexicano funciona como corazón geométrico del espacio público, el lugar exacto donde la vida cotidiana se detiene para volverse ceremonia. Aquí el quiosco no protagoniza —cede su centro a la multitud que lo rodea— pero permanece como el único trazo casi arquitectónico en medio de tanta disolución: el recordatorio de que este ritual, por más que estalle en gesto puro, sigue ocurriendo en un lugar concreto, con nombre, con domingo, con costumbre. La sublimación no ocurre en el vacío: ocurre en la plaza de siempre.
Alrededor del quiosco, ocupando casi la totalidad del lienzo, un mar de máscaras. Rostros amarillos, verdes, blancos, azules, apretados unos contra otros hasta perder cualquier posibilidad de individualidad: no hay un solo rostro protagónico en toda la obra. La máscara, en la tradición festiva mexicana, no siempre esconde: muchas veces multiplica, permite que una pena privada se vuelva un gesto colectivo, que lo que sería insoportable cargar en solitario se reparta entre todos los presentes hasta volverse llevadero. Ésa es, quizás, la maquinaria más precisa de la sublimación: no negar el sentimiento, sino distribuirlo, prestarle la cara de otro, dejar que cien rostros ajenos carguen lo que uno solo no podría. La multitud no es un fondo decorativo: es el mecanismo mismo por el cual una desgracia individual se transforma en una orquesta colectiva.
En el centro geométrico y emocional del lienzo, los músicos: figuras de blanco, el mismo uniforme humilde y solemne que visten las bandas de pueblo que tocan lo mismo en una boda que en un entierro, sin cambiar de vestuario ni de instrumento entre una ocasión y otra —solo el tempo se ajusta, nunca la entrega. Levantan tubas y trompetas como bocas doradas abiertas hacia el cielo, círculos de latón que se repiten a lo largo de la composición. Al frente, el tambor grande: ese vientre de madera y piel curtida que sostiene el pulso de todo lo demás, tocado por dos figuras que se inclinan hacia él con una entrega casi religiosa. Ese pulso no pregunta si lo que lo hizo nacer fue una dicha o una pérdida. Simplemente suena, con la misma fuerza, para las dos cosas.
Por encima de todo, el cielo: azul intenso, agitado en remolinos blancos que bien podrían ser nubes o bien podrían ser humo de cohetes, salpicado de chispas rojas que caen como si también el aire estuviera bailando. No hay un horizonte que ordene la escena ni una perspectiva que la contenga: todo sucede en primer plano, todo empuja hacia el espectador, porque así es como se vive este ritual desde dentro.
Para todo mal, mezcal, y para todo bien, también. Jazzamoart no necesitó ilustrar ese dicho: lo ejecutó con pintura. Este lienzo no es la representación de un pueblo que celebra a pesar de su desgracia, sino la prueba pictórica de algo más exacto: que la desgracia, cuando encuentra el instrumento correcto, deja de pedir permiso para convertirse en otra cosa.
No desaparece —nunca desaparece del todo— pero cambia de forma, se reparte entre cien máscaras, se vuelve compás, se vuelve orquesta. Eso es lo que este país ha sabido hacer, generación tras generación, con lo que no tiene remedio: no vencerlo, sino tocarlo. Y en este lienzo, por una tarde, todo un pueblo lo está tocando junto.
Contacto
33 3669 5550
33 3669 5559
Derechos Reservados INDETEC | Instituto para el Desarrollo Técnico de las Haciendas Públicas
INDETEC | Instituto para el Desarrollo Técnico de las Haciendas PúblicasTodos los derechos reservados
Política de privacidad
Desarrollo Web por Nautilus 360