Las lineas del pensamiento analítico

Las lineas del pensamiento analítico

Manuel Miguel

Mixta sobre loseta
150 x 300 cm
2023

Diagnóstico a primera vista

Visto de lejos, el cuadro parece un electroencefalograma que alguien enmarcó por error, o el fondo de pantalla que trae de fábrica una laptop corporativa: una nube gris azulada, ordenada, del tamaño exacto para no incomodar a nadie en una sala de juntas. Es, en otras palabras, exactamente lo que un cuadro llamado Las líneas del pensamiento analíticodebería aparentar: método, sobriedad, la promesa tranquilizadora de que alguien, en algún lado, está pensando con calma. Hay que acercarse un poco para descubrir el engaño. Lo que Manuel Miguel pintó no es la calma: es el historial clínico completo de una mente contemporánea, con todas sus pestañas abiertas al mismo tiempo.

Notificaciones con vida propia

Cada una de esas líneas de colores —hay, calculo, más pendientes que en cualquier bandeja de entrada un lunes a las nueve de la mañana— se comporta como una app distinta compitiendo por el mismo cerebro: la rosa es el grupo de WhatsApp del trabajo que nunca duerme, la amarilla es el correo marcado "urgente" que llevaba tres semanas sin abrirse, la azul turquesa es una alarma de calendario que ya nadie recuerda para qué se puso. Ninguna de estas líneas, hay que decirlo a su favor, es irracional por sí sola: cada una sigue su propio trayecto con perfecta lógica interna, dobla donde tiene que doblar, nunca se detiene a medio pensamiento. El problema —el diagnóstico, digamos— es que ninguna de ellas sabe que las demás también están ocurriendo. Eso, más que ninguna otra cosa, es la hiperconectividad: no demasiada información, sino demasiados hilos igual de razonables reclamando la misma neurona a la vez.

El síndrome del rectángulo tranquilo

Y sin embargo, hacia los bordes del lienzo, el enjambre cede y aparece otra vez ese gris azulado de la primera impresión: la cara que se pone antes de entrar a una videollamada, la sonrisa profesional, la respuesta de "todo bien, ¿y tú?" que se manda sin haberla leído siquiera. Ese margen tranquilo no es descanso: es puesta en escena. Todo organismo estresado desarrolla, tarde o temprano, una superficie presentable —una carpeta de PowerPoint, una foto de perfil, un tono de voz medido para las juntas— detrás de la cual sigue exactamente el mismo enjambre de antes, solo que ya nadie lo puede ver. El cuadro no esconde esa hipocresía funcional: la exhibe como parte del diagnóstico, justo en el borde, justo donde debería estar el alivio.

Donde el cuerpo pasa la factura

Hacia el centro, algo cede: el enjambre se concentra, se aprieta y desciende en una columna más densa anaranjada, casi febril que cae hacia el borde inferior como si el resto del cuadro finalmente hubiera encontrado un desagüe. Es tentador leerlo como el momento en que todas esas notificaciones, acumuladas sin ninguna intención de resolverse, terminan pasando su factura al cuerpo: la contractura en el cuello, el bruxismo nocturno, esa migraña que el médico general llama "tensional" con la misma calma con la que uno describe el clima. El pensamiento analítico, llevado al límite que este cuadro retrata, deja de ser una virtud de oficina y empieza a comportarse como un síntoma: algo que el cuerpo, tarde o temprano, se ve obligado a expresar porque la mente ya no tiene dónde meterlo.

Nota final

Ninguna aplicación de meditación de diez minutos va a deshacer esta maraña, y el cuadro tiene la decencia de no fingir que podría. Manuel Miguel pinta el retrato clínico exacto del trabajador contemporáneo: por fuera, un rectángulo gris del tamaño perfecto para una sala de espera; por dentro, miles de líneas perfectamente razonables gritando todas a la vez, sin que ninguna sepa que las demás también están ahí. Lo notable no es que el cuadro parezca caótico. Lo notable es lo bien disimulado que está el caos —y lo poco que hace falta acercarse para dejar de creerle a la calma.

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