La merced

La merced

Gustavo Montoya

Óleo sobre tela.
198 × 260 cm.
1949

I

I

El cuadro como ciudad encontrada


Hay pinturas que son documentos y hay pinturas que son elegías. Esta de Gustavo Montoya es, con la insolencia de lo simultáneo, las dos cosas a la vez y además algo más difícil de nombrar: es una estratigrafía. Quien hoy camine por la calle Manzanares difícilmente reconocerá en ese corredor asfixiado de comercio informal y ruido diesel el escenario de esta tela monumental. Pero la dificultad no es solo temporal sino geológica: para entender lo que Montoya pintó en 1949 hay que excavar. Hay que bajar por debajo del asfalto, por debajo del empedrado colonial, por debajo incluso del lodo lacustre, hasta llegar al agua. Porque todo esto, antes de ser ciudad, fue lago.

La calle Manzanares no es una calle. Es la memoria de un canal. Justo detrás de la pequeña capilla que asoma en el ángulo derecho del lienzo pasaba uno de los brazos de la Acequia Principal que venía desde Xochimilco y desembocaba en el lago de Texcoco. Cuando Montoya tomó su pincel, esa acequia llevaba exactamente una década clausurada. El Canal de la Viga agonizaba. La ciudad lacustre era ya, oficialmente, un recuerdo. Y sin embargo el mercado estaba ahí. En el mismo lugar. Con la misma función. Como si el agua que ya no se veía siguiera determinando, desde abajo, la vida que ocurría en la superficie.

Lo que Montoya registra en 1949 ese mercado desbordante, esa acumulación de cuerpos y mercancías, ese flujo incesante de oferta y demanda— no es una novedad urbana sino la continuación de un gesto que lleva siglos repitiéndose sobre las mismas coordenadas: aquí llegan las cosas, aquí se intercambian, aquí la ciudad se alimenta. El pintor tenía cincuenta años y los suficientes para saber que estaba pintando algo que el futuro iba a necesitar recordar.

I

I

El cuadro como ciudad encontrada


Hay pinturas que son documentos y hay pinturas que son elegías. Esta de Gustavo Montoya es, con la insolencia de lo simultáneo, las dos cosas a la vez y además algo más difícil de nombrar: es una estratigrafía. Quien hoy camine por la calle Manzanares difícilmente reconocerá en ese corredor asfixiado de comercio informal y ruido diesel el escenario de esta tela monumental. Pero la dificultad no es solo temporal sino geológica: para entender lo que Montoya pintó en 1949 hay que excavar. Hay que bajar por debajo del asfalto, por debajo del empedrado colonial, por debajo incluso del lodo lacustre, hasta llegar al agua. Porque todo esto, antes de ser ciudad, fue lago.

La calle Manzanares no es una calle. Es la memoria de un canal. Justo detrás de la pequeña capilla que asoma en el ángulo derecho del lienzo pasaba uno de los brazos de la Acequia Principal que venía desde Xochimilco y desembocaba en el lago de Texcoco. Cuando Montoya tomó su pincel, esa acequia llevaba exactamente una década clausurada. El Canal de la Viga agonizaba. La ciudad lacustre era ya, oficialmente, un recuerdo. Y sin embargo el mercado estaba ahí. En el mismo lugar. Con la misma función. Como si el agua que ya no se veía siguiera determinando, desde abajo, la vida que ocurría en la superficie.

Lo que Montoya registra en 1949 ese mercado desbordante, esa acumulación de cuerpos y mercancías, ese flujo incesante de oferta y demanda— no es una novedad urbana sino la continuación de un gesto que lleva siglos repitiéndose sobre las mismas coordenadas: aquí llegan las cosas, aquí se intercambian, aquí la ciudad se alimenta. El pintor tenía cincuenta años y los suficientes para saber que estaba pintando algo que el futuro iba a necesitar recordar.

II

Zoquipan: el ombligo del mundo antes de que el mundo tuviera nombre español


El barrio de La Merced tiene su origen en uno de los cuatro calpullis en que estaba dividida México-Tenochtitlán: el de Zoquipan o Zoquiapan, el más grande, antiguo e importante de la metrópoli mexica, y en cuya zona parece haberse fundado la ciudad en 1325. Esto significa que cuando Montoya instala su caballete en la calle Manzanares, está pintando en el punto de nacimiento de la ciudad más poblada del continente americano en su momento de mayor esplendor. No un barrio cualquiera: la semilla misma. Seiscientos veinticuatro años de historia acumulada bajo los pies descalzos de la niña que sostiene una guitarra de juguete en el centro del cuadro, sin que ella, naturalmente, lo sepa ni lo necesite saber.

En los tiempos de Tenochtitlán, era un punto de la ciudad que colindaba con el Lago de Texcoco, tenía embarcadero propio y desde entonces se dedicaba a la actividad comercial. Así llegaban a la ciudad productos agrícolas de otras regiones: cacao, aguacate, chile, frijol, maderas, pieles. Las canoas atracaban. Los cargadores descargaban. Los marchantes regateaban. Y el mundo funcionaba con la puntualidad silenciosa de lo que no necesita ser explicado porque simplemente ocurre.

III

La ruta del agua: de Xochimilco al corazón de la ciudad


Para entender la pintura de Montoya hay que entender la geografía hidráulica que la hizo posible y que, para cuando él pintó, ya era solo geografía —sin agua. La Acequia Real iba desde la zona de La Merced, pasando por la calle Corregidora, la Alhóndiga de la ciudad y hasta la extinta Plaza del Volador, hoy sede de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Por ella arribaban hasta el centro de la urbe las canoas cargadas de víveres provenientes de Xochimilco y Chalco a través del Canal de La Viga. La ruta era precisa y funcional como una arteria: las mercancías eran transportadas en canoas y chalupas hasta el embarcadero de Roldán, luego hasta la zona de La Merced, y de ahí al resto de la ciudad.

La calle Manzanares no era el final del trayecto sino su corazón: el punto donde el agua dejaba de ser vehículo y la mercancía comenzaba su vida urbana. Entre Manzanares y Roldán se ubicaba el mercado que desde 1862 sería reconocido formalmente como el principal de la ciudad, aunque en los hechos lo había sido desde mucho antes, desde que las primeras canoas mexicas encontraron que este era el lugar donde valía la pena detenerse. El volumen de ese tráfico es difícil de imaginar desde la ciudad seca que Montoya ya habitaba en 1949. Todavía a mediados del siglo XIX, entre 1858 y 1859, se tiene registro de que pasaron por la garita de La Viga 4,944 canoas de distintos tamaños en un solo año. Casi cinco mil embarcaciones cargadas de lo que la ciudad necesitaba para sobrevivir, todas convergiendo hacia este punto. Para cuando Montoya pintó su cuadro, esas canoas eran ya los camiones y los diablos de carga que se abrían paso entre la misma multitud, en el mismo lugar, con la misma urgencia de siempre. La geografía del abasto es más terca que cualquier modernización.

IV

La garita y la alcabala: cuando pagar impuestos construyó una ciudad


Hay una tentación, comprensible pero inexacta, de ver las garitas coloniales únicamente como instrumentos de extracción. La historia más completa es más interesante. En 1657, la Corona española dispuso que se cobraran por adelantado los impuestos a las mercancías que entraban a la Ciudad de México, creando un sistema de garitas que permitiera dicho cobro con orden y transparencia. El principal impuesto era la alcabala —el gravamen sobre cada transacción comercial— y su recaudación, lejos de ser un mero acto de autoridad, fue el primer gran experimento de la ciudad en financiarse a sí misma.

Porque lo que la alcabala recaudaba no desaparecía en abstracciones administrativas: volvía a la ciudad en forma de infraestructura. Los canales que permitían el tráfico de canoas requerían mantenimiento constante. Los puentes de mampostería que cruzaban las acequias habían sido construidos con fondos públicos. La Alhóndiga, ese gran almacén regulador que estabilizaba los precios de los alimentos para que la ciudad no muriera de hambre en épocas de escasez, funcionaba gracias a la hacienda pública. El orden que hace posible el mercado —y el mercado que hace posible la ciudad tenía precio, y ese precio se llamaba alcabala.

La más importante de las garitas para el flujo de alimentos era la de La Viga, edificada en 1604 como una de las ocho entradas controladas de la capital. Funcionaba como aduana fluvial y terrestre simultáneamente: controlaba el tráfico de canoas por el canal y el de arrieros por tierra, registraba las cargas, tasaba los productos y garantizaba que cada embarcación que llegara cargada de maíz de Chalco o flores de Xochimilco contribuyera, en su justa medida, al sostenimiento de la ciudad que iba a consumirlos. Era, en su manera colonial y a veces imperfecta, un pacto: tú traes lo que la ciudad necesita; la ciudad, a cambio, te garantiza el canal navegable, el embarcadero funcionando, el mercado ordenado donde venderlo y la alhóndiga que regula el precio para que nadie muera de hambre cuando la cosecha falla.

V

La capilla de Manzanares: Hernán Cortés mandó construirla aquí


Y entonces llegamos al elemento que ancla todo en el tiempo largo: la pequeña cúpula que asoma con discreción en el tercio derecho del lienzo. La Capilla del Señor de la Humildad, en la calle de Manzanares, fue fundada originalmente por Hernán Cortés como Capilla de la Santa Cruz, reconstruida a finales del siglo XVIII y conocida desde el siglo XIX con el nombre que lleva hoy.

Cortés entendió antes que nadie que fundar una ciudad no es trazar calles: es consagrar el espacio. Y eligió este punto la orilla del canal, el umbral entre el agua y la tierra, el lugar donde la ciudad empezaba a ser ciudad para clavar su primera señal de posesión espiritual sobre el barrio más antiguo y más comercial de Tenochtitlán. No fue un gesto inocente: fue política disfrazada de devoción, que es el disfraz más duradero que la historia conoce.

Los vecinos de Manzanares convivieron con la acequia hasta el último tercio del siglo XVIII, cuando fue finalmente cegada. El agua desapareció. La capilla sobrevivió. Y en la pintura de Montoya, cuatro siglos después de su fundación cortesiana y una década después de que la última acequia cerrara, sigue ahí: pequeña, pertinaz, sin aspavientos, mirando el mercado con la paciencia infinita de quien ha visto pasar imperios y sabe que los mercados y la hacienda que los hace posibles duran más que todos ellos.

Derechos Reservados INDETEC | Instituto para el Desarrollo Técnico de las Haciendas Públicas | Aviso de privacidad

INDETEC | Instituto para el Desarrollo Técnico de las Haciendas PúblicasTodos los derechos reservados

Política de privacidad

Desarrollo Web por Nautilus 360