EL BOP DE SAN JAVIER

EL BOP DE SAN JAVIER

JAZZAMOART

Óleo sobre tela
240 X 190 cm
2009

La arquitectura que canta

El edificio que respira, o la música como espacio habitable

Toda ciudad del Bajío tiene un edificio que le enseñó a alguien a mirar. Para Javier Vázquez Estupiñán —Jazzamoart, orgulloso creador originario de Irapuato, Guanajuato— ese edificio fue una catedral: un cuerpo enorme, pétreo, lleno de cavidades y alturas y destellos dorados, que aprendió a hablar dos idiomas al mismo tiempo, el del poder que la mandó construir y el de la tierra que la absorbió hasta teñirla de ocre y polvo y luz rasante. La miró tantas veces de niño que dejó de verla como monumento y empezó a verla como lo que en el fondo es: un ser que respira con la respiración lenta de todo lo que ha durado siglos.



Años después, esa memoria encontró su ancla formal en otro templo de la misma tierra: el de San Francisco Javier, en la salida hacia Dolores Hidalgo, Guanajuato capital. Un recinto minero surgido en 1684 de la ex-hacienda de beneficio de metales, nacido como capilla para mineros y reconstruido en el siglo XIX bajo una sola nave y una torre austera —emblema de sobriedad frente a la riqueza mineral que lo rodeaba. Jazzamoart no pintó ese templo: lo destiló. Fundió en un solo lienzo la memoria íntima de la catedral que lo formó y la fisonomía histórica de la torre que le dio nombre a la obra, y le inyectó a ambas la energía cinética del bebop. El resultado, El Bop de San Javier, no ilustra la música: se comporta como ella.

El edificio que respira, o la música como espacio habitable

Toda ciudad del Bajío tiene un edificio que le enseñó a alguien a mirar. Para Javier Vázquez Estupiñán —Jazzamoart, orgulloso creador originario de Irapuato, Guanajuato— ese edificio fue una catedral: un cuerpo enorme, pétreo, lleno de cavidades y alturas y destellos dorados, que aprendió a hablar dos idiomas al mismo tiempo, el del poder que la mandó construir y el de la tierra que la absorbió hasta teñirla de ocre y polvo y luz rasante. La miró tantas veces de niño que dejó de verla como monumento y empezó a verla como lo que en el fondo es: un ser que respira con la respiración lenta de todo lo que ha durado siglos.



Años después, esa memoria encontró su ancla formal en otro templo de la misma tierra: el de San Francisco Javier, en la salida hacia Dolores Hidalgo, Guanajuato capital. Un recinto minero surgido en 1684 de la ex-hacienda de beneficio de metales, nacido como capilla para mineros y reconstruido en el siglo XIX bajo una sola nave y una torre austera —emblema de sobriedad frente a la riqueza mineral que lo rodeaba. Jazzamoart no pintó ese templo: lo destiló. Fundió en un solo lienzo la memoria íntima de la catedral que lo formó y la fisonomía histórica de la torre que le dio nombre a la obra, y le inyectó a ambas la energía cinética del bebop. El resultado, El Bop de San Javier, no ilustra la música: se comporta como ella.

El baterista que también pinta

Hay una pregunta que los arquitectos rara vez se formulan porque temen la respuesta: ¿puede un espacio sonar? No en el sentido acústico de los ingenieros y sus coeficientes de absorción, sino en el sentido más perturbador: ¿puede la forma construida vibrar con la energía de un instrumento? El Bop de San Javier responde que sí, y lo hace con la contundencia de quien no argumenta sino demuestra.



Pero antes de mirar el cuadro hay que entender al hombre que lo ejecutó. Jazzamoart no es un pintor que ama la música: es un músico que también pinta. El baterista —y este hombre toca batería— no produce sonido tocando un objeto con los dedos, sino golpeando una membrana con todo el peso del brazo, de la muñeca, del impulso que nace en el hombro y a veces en la cadera. La batería es el único instrumento donde el cuerpo entero es el arco. Esa fisicalidad total es exactamente lo que Jazzamoart transfiere al lienzo: el óleo se acumula en texturas gruesas y pastosas, la pincelada no contiene a la forma sino que la genera a través de un impulso gestual, y el cuadro deja de representar el bop para ser ejecutado con su misma energía.

La torre que ya no es piedra

Lo que originalmente eran los contrafuertes y el austero cuerpo neoclásico y barroco de la iglesia se fractura aquí hasta volverse irreconocible. Jazzamoart desarticula los andamiajes arquitectónicos y los reconfigura como pistones, saxofones imaginarios y engranajes mecánicos que ascienden verticalmente en una masa apretada, tan densa que no queda un centímetro sin trabajar: cilindros, bocas, ojales, discos, apéndices que crecen hacia el espectador como si la superficie no fuera límite sino punto de partida. La torre entera se inclina levemente, como si el peso de su propia acumulación la empujara hacia adelante —no hay quietud posible en un edificio que ha decidido improvisar. Esto no es una fachada: es una envolvente. No hay exterior; todo es interior proyectado hacia afuera.

Y todo eso ocurre contra un fondo que se niega a acompañar el fuego de la torre: un gris verdoso, casi de niebla o de piedra mojada, frío y quieto, que no compite sino que cede. Es el silencio atmosférico contra el que estalla el color caliente de la estructura —ocres, cobres, oro viejo, blancos hueso— como si la música sólo pudiera escucharse verdaderamente cuando el mundo alrededor se ha apagado un poco para dejarla sonar.

Y ahí el arquitecto que se acerca con su escuadra debe suspender a Vitruvio y recordar a los acústicos, porque el sonido es la única energía que existe en tres dimensiones de manera absolutamente democrática: llega desde todos los ángulos, rodea, envuelve, penetra. No tiene fachada principal. El espacio musical verdadero no es el que contiene el sonido, sino el que es transformado por él —y esta torre es exactamente eso: el momento en que la música rehace al edificio.

Por eso esta construcción no es solamente un espacio: es un ser. Tiene la densidad orgánica de lo que ha crecido, no de lo que ha sido diseñado. Sus protuberancias no obedecen a ningún plano regulador porque no nacieron de uno, sino de una necesidad interior, como algo que se expande sin pedir permiso. Los ojos circulares que pueblan sus muros no son ventanas: son pupilas. La boca oscura del umbral central no es un acceso: es una garganta. La forma lunar que corona la torre no es un remate decorativo: es una fontanela, el punto más vivo del cráneo de un recién nacido. La torre respira. Tiene hambre. Escucha.

El color como materia y como memoria

El espacio cromático está dominado por ocres, oros y grises —óxidos, cobres, cremas que rozan el marfil—, colores que recuerdan tanto la herencia minera de la región como el latón de los instrumentos de viento, el bronce que ha sido tocado muchas veces, el cuero de un parche bien tensado. No son colores elegidos por su belleza abstracta, sino por su resonancia física: los materiales de las campanas novohispanas, de los tubos de los órganos barrocos, de la piedra de una catedral al atardecer, cuando el sol rasante la convierte en oro viejo. Jazzamoart no abandonó su tierra natal: la volvió pintura, la volvió música, la volvió una sola cosa. Sobre ese fondo, la pincelada crea un ritmo visual trepidante, una polirritmia sobre el lienzo que desafía la gravedad del monumento colonial.

Basamento, escalinata, portal, luna


En la arquitectura clásica, el basamento es la parte más honesta de un edificio: la que toca la tierra, la que acepta el peso de todo lo que viene encima. El de esta torre es ancho, sólido, casi solemne, y esa sobriedad es la única concesión que Jazzamoart le hace al orden —como los primeros tiempos de un compás antes de que el solista entre y lo destruya todo.

Sobre ese basamento hay, en realidad, dos escaleras, y cada una cuenta una parte distinta de la historia. Al centro, ancha y frontal, la escalinata ceremonial: no un dispositivo de circulación sino una declaración de intenciones, un ritual que obliga al cuerpo a desacelerar y reconocer que lo que espera arriba es de naturaleza distinta a lo que se dejó abajo. Subir esos escalones no es entrar a un edificio: es entrar a un acorde. Pero al costado izquierdo, apretada contra el cuerpo de la torre, trepa otra escalera —angosta, de mano, casi de mina— que no invita sino que exige: la del trabajador que sube a mantener viva la máquina, la del minero que conoce el edificio por dentro porque lo construyó tramo a tramo. Entre las dos escaleras está resumida toda la biografía de la pieza: la solemnidad del templo y la fatiga del oficio que lo hizo posible.

Luego el portal. La abertura oscura al centro de la composición es el único silencio verdadero de todo el lienzo. El arquitecto lo llamaría vano, ese espacio negativo que da sentido a la masa positiva que lo rodea; pero aquí el vano no es ausencia, es la nota más larga, el sostenido que aguanta mientras todo lo demás se agita alrededor. Es el ojo del huracán, la fracción de segundo entre el golpe del bombo y el siguiente. Jazzamoart pintó el silencio como una puerta —y tiene razón, porque el silencio siempre es una puerta: en la catedral de su infancia, umbral entre el mundo y lo sagrado; aquí, entre el mundo y la música. La distancia entre ambos es exactamente cero.

Y en la cúspide, la pieza que resume todo el argumento: una concha curva, un pabellón como el bocín de un saxofón, con una pupila negra fija en su centro —el edificio, ahí arriba, por fin se admite a sí mismo como instrumento y como criatura al mismo tiempo—. De esa concha se desprende un tubo largo y curvo que se lanza hacia la derecha, mitad brazo de metal, mitad frase musical suspendida en el aire, como si la torre acabara de soplar una nota y todavía pudiéramos ver su trayectoria. Todo lo que ocurre en el cuerpo del edificio —esa proliferación densa, febril, casi irrespirable de formas que se acumulan con la urgencia del bop— sube hasta esa abertura y se exhala hacia un cielo gris que no es cielo sino pausa entre dos compases. El edificio no culmina: exhala. Esa es la firma verdadera de Jazzamoart, no la que aparece en la esquina del lienzo sino la que está en lo más alto, donde termina la pintura y empieza la música, donde termina el templo y empieza el bop —que en esta tierra, para este pintor, son la misma cosa.

Lo sagrado y lo profano se tocan

Al pie de la torre no hay gente: hay guardianes. Pequeños tótems metálicos, rematados en destellos dorados, custodian el umbral como si fueran versiones diminutas del propio edificio —sus hijos, o sus centinelas—. Un poco más allá, una silueta que bien podría ser un ave se aleja caminando sobre el suelo pálido, como si algo hubiera escapado del cuerpo de la torre para probar el mundo por su cuenta. Y frente a todo, tirado sobre la tierra clara, un cuerno curvo de latón —guadaña o saxofón caído, ya no importa cuál de las dos cosas— descansa como un instrumento que tocó su nota final y se permitió, por fin, el silencio. Estas presencias no confirman una escala humana: confirman una escala orgánica. Si algo camina junto a esta torre, si algo yace rendido a sus pies, entonces su densidad, su acumulación, su negativa absoluta a dejar un centímetro de silencio, no son licencias pictóricas sino condiciones de existencia. Esta torre no espera ser habitada: ya está habitada por sí misma, y ha empezado, incluso, a engendrar. Es un personaje, no un escenario.

Hay una íntima comunión entre la pesadez del barroco mexicano y la libertad del jazz: ambos se nutren del horror al vacío, de una ornamentación que busca tocar lo infinito a través del exceso. Jazzamoart lleva décadas pintando series dedicadas a Rulfo, a Cortázar, a Bukowski, a Sor Juana, a Baudelaire —todos ellos con una relación perturbada con el silencio, todos viviéndolo como amenaza o como materia prima a destruir. El bebop, que nació para demostrar que se podía pensar más rápido que cualquier melodía convencional, tampoco lo acepta: llena el silencio antes de que exista. Esta torre también. Habla porque no puede no hablar. Existe porque no puede no existir.

Si la arquitectura es música congelada, la pintura de Jazzamoart es la llama que la devuelve a su estado de fluidez pura. El templo deja de ser testigo mudo de mineros y propietarios para convertirse en aparición poética: la torre no es piedra, es tiempo acumulado que estalla en una síncopa de color. El espectador no contempla un edificio: asiste a un nacimiento y a una disolución simultánea. Lo sagrado del templo se funde con la vibración profana del bar de jazz; la memoria de la piedra colonial cede ante la soberanía del instante pictórico.

Nota final para acentuar la mirada

El basamento sostiene. La escalinata convoca. El portal guarda silencio. Los muros hablan todos a la vez. Y la luna partida en la cima exhala hacia un cielo que ya no es cielo.

Eso es todo. Eso es suficiente. Eso es el bop.

El arquitecto que llegó con su escuadra se retira con las manos vacías y los oídos llenos, convencido de que hay edificios que no se miden en metros, músicas que no se escuchan sino que se habitan, y pinturas que no se contemplan: te rodean, te interpelan, te recuerdan que el espacio —el de la piedra y el del aire, el de Irapuato y el de San Javier— es siempre, antes que nada, vida buscando forma. Y que la forma, cuando encuentra suficiente vida, respira sola.

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