Acrílico sobre tela
3 paneles de 200 x 200 cm
2000
El fondo de esta pieza no es un cielo ni un mar: es las dos cosas al mismo tiempo, un azul turquesa que se enrosca en espirales como si el aire y el agua hubieran decidido dejar de distinguirse el uno del otro. Sobre esa superficie que no es de nadie en particular, Scully hace ocurrir su carnaval: un desfile que avanza de un extremo al otro del lienzo, sin principio ni final visibles, como si lo hubiéramos interrumpido a la mitad de un recorrido que empezó mucho antes de que llegáramos a mirarlo y que va a seguir mucho después de que nos vayamos. Y ese recorrido, hay que decirlo desde ahora, no es solo espacial: es también un recorrido en el tiempo. De un extremo al otro del lienzo no solo cruza un carnaval —cruza también la historia entera de quiénes han llegado a habitar este país.
Antes de que aparezca un solo músico, la tierra ya habla. Al ras del suelo, casi al margen de lo que primero atrae la mirada, hay mazorcas de maíz, alcatraces azules, hongos que brotan entre la hierba, un colibrí, un conejo, un tucán, un ave que bien podría ser un quetzal. Ninguno de estos elementos es decoración de esquina: son el vocabulario simbólico del México más antiguo, el del maíz como origen del cuerpo humano, el hongo como puerta ritual, el colibrí como mensajero. Scully siembra esa raíz en la parte más baja del cuadro —literalmente, bajo los pies de todos los demás— para que quede claro que nada de lo que ocurre arriba, ninguna de las mezclas posteriores, hubiera sido posible sin esa tierra primera.
A los costados, seis mujeres tres a la izquierda, tres a la derecha corren o bailan con los brazos en alto, y sus faldas se han dejado de comportar como telas: se despliegan detrás de ellas como colas, como llamas, como aletas, en rojos que arden, verdes que parecen agua espesa y un morado casi líquido. Miradas con cuidado, estas seis mujeres no repiten un solo tipo: hay rasgos que remiten a lo indígena, cabello y piel que hablan de mestizaje, un tono más claro y un vestir más ligero que evoca otra herencia, y en el extremo derecho del todo una mujer de cabello oscuro, mirada frontal y estética casi punk, con joyería metálica y un vestido negro ceñido que no pertenece a ningún pasado sino estrictamente al presente. Leídas en conjunto, de izquierda a derecha, estas figuras funcionan como una genealogía silenciosa: no son seis retratos sueltos, son etapas de una misma historia que sigue escribiéndose.
Al centro, el corazón sonoro de la pieza, y también su tesis más clara. Una mujer envuelta en un rebozo azul y una falda a rayas rojas y blancas, con el rostro pintado y una pandereta en alto, marca un pulso que remite a las tradiciones indígenas y afromestizas de las costas mexicanas. A su lado, un hombre de sombrero de paja sopla un saxofón tenor dorado con la entrega física de quien desciende de una tradición musical llegada desde otro continente, la del jazz y sus raíces africanas, aclimatada ya por completo a este suelo. Y junto a él, un violinista de traje negro y expresión solemne, casi de otro siglo, trae consigo el eco de las orquestas europeas, judías, itinerantes, que también encontraron aquí una casa. Tres orígenes distintos, tres instrumentos que nacieron en continentes separados, tocando exactamente el mismo compás, sin que ninguno tenga que ceder su acento para poder sonar junto a los otros. Eso —más que cualquier otro detalle del cuadro es Carnaval: no una fiesta genérica, sino el retrato exacto de cómo suena México cuando toca junto todo lo que es.
Carnaval no representa una fiesta aislada en el tiempo: representa un país entero desfilando. Desde el maíz y el hongo sagrado que crecen al ras del suelo, pasando por el rebozo indígena, el saxofón de raíz africana y el violín de tradición europea, hasta llegar a la mujer de estética contemporánea que cierra la fila del lado derecho, Scully tiende un puente visual que va de lo prehispánico a lo de hoy sin ninguna costura visible. No hay una sola raza protagonista en este lienzo, y ésa es exactamente la afirmación: México no es una identidad única disfrazada de máscara, es la suma todavía en movimiento, todavía bailando de todos los que llegaron y se quedaron.
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